NO VA MÁS, CHAO


–Gente como la Angélica termina enfermando a los que le rodean –Le dice Javiera a su madre–. Tú ya tienes suficientes problemas de los que hacerte cargo. Ya nos criaste a nosotros y con eso ya fue suficiente.

–Hay que tener paciencia con la Angélica… Su mamá es medio lunática. La Angélica nunca le ha tenido confianza. Además, súmale que desde chica se cortaba los brazos y que lleva años tomando pastillas contra la depresión… tampoco es que la haya pasado tan fácil. En el fondo me da un poco de pena también.

–Está bien. Pero tú sabes que no te conviene nada llenarte la cabeza con sus problemas. Tú tienes problemas nerviosos, casi te operan de una pierna, te lo pasabas con dolores de cabeza... Todo eso era puro estrés.

–Sí, pero es que los problemas de la Angélica no me afectan en nada. Me gustaría que hiciera más caso de los consejos que le doy…

–No te hace ningún caso –le interrumpe Javiera–. Al final es más la costumbre de andar desparramando lo que la hace venir a contarte…

–Es que es su forma de desahogarse. A su mamá la tiene mal la iglesia. El otro día se le ocurrió que deje de tomar pastillas anticonceptivas, que si queda embarazada no importa. Imagínate. Y eso que apenas tienen para vivir ellas. También le dijo que mejor no trabaje y que se quede con ella en la casa.

–Esa señora está loca, igual que la Angélica que ni saluda cuando me la encuentro en la calle...

–Loca completamente. ¿Qué clase de vida sería esa? Encerrada y viviendo de la pensión de la mamá.

Javiera desearía tener la fuerza decirle a madre que no estaba allí sólo porque era el lugar donde había encontrado trabajo, que en realidad había regresado a casa para estar con ella y darse el año que nunca habían tenido. Una última oportunidad para llevarse bien y no irse de la casa familiar entre peleas, como había pasado con sus hermanos... Pero no puede. Aún no encuentra la forma.

 

I

Once y treinta de la noche. Invierno. En la calle corre un viento helado que raspa el rostro como una lija. Para acortar camino ha cruzado por el sitio eriazo que une ambas poblaciones y la humedad de los pastizales le ha dejado el pantalón completamente mojado hasta las rodillas. Se siente enferma. Acaba de romper por celular con su novio y sin pensarlo demasiado ha salido en dirección a la casa de la Señora Noelia, una mujer mayor con la cual conversa de igual a igual y la única de sus amigas que vive cerca. Necesitaba huir de su casa antes de que llegara su madre. No tiene ánimos para escuchar el mismo sermón catastrófico de siempre.

Hace un rato intentó aguantarse las ganas de llorar para no sentirse una estúpida pero terminó llorando de todas formas y ahora se siente agotada. Le duelen los ojos, le duele la garganta, le duele el corazón. Le duele todo.

Mientras camina, repasa con rabia, cada palabra de Carlos. De entrada, este le había dicho que ya no la pasaría a buscar para salir en la noche. Ella entonces le había preguntado el motivo del cambio de planes y él le había respondido, directo y sin anestesia, que era mejor que terminaran, que lo suyo ya no daba para más y que no quería seguirla viendo. Y luego, mientras ella hilaba algunas frases incoherentes con la intención de que recapacite, Carlos, sin escucharla, le había dicho que estaba ocupado y le había cortado.

 

II

Siempre que ella y su madre intentan conversar, terminan peleando. Y peor aún, cuando se trata de Carlos. “No deberías andar con tipos como él”, “tú ya no eres una cabra chica, ya eres madre”, “ese tipo es un delincuente”, suele repetirle hasta el cansancio.

En el fondo, su madre no entiende que ella es distinta, que no está hecha para hacerse cargo de la casa y quedarse encerrada todo el día viviendo amargada y achacada por todo. Ella todavía es joven y le quedan mil cosas por vivir. Además, nadie tiene derecho a decirle cómo vivir su vida. Para eso ella trabaja, gana su propia plata y puede hacer lo que se le antoje.

Por eso le gusta ir donde la Señora Noelia. A pesar de sus casi setenta años, ésta tiene una mentalidad distinta. Una mentalidad joven que permite que puedan conversar horas y horas sin que se sienta como una tonta que no sabe qué hacer con su vida. Además, ella sabe bien donde está y con quien anda. No es necesario que le abran los ojos. Ella sabe bien que Carlos es casi alcohólico, que se mete coca y de todo un poco… pero ¿y quién no lo hace? Ya está acostumbrada a que todos le critiquen. Ella lo conoció así… ¿qué le va a hacer?

Algunas de sus amigas le dicen que Carlos es igual o peor basura que el papá de su hija y que no vale la pena estar con él… Pero ella lo ama y eso lo hace distinto e incomparable con cualquier pareja anterior y más importante que cualquier opinión. Y aunque le duela admitirlo… también lo hace más importante que cualquier llamada a medianoche para gritarle y averiguar dónde está, que le hable mal de sus amigas o que llegue cuando a él se le ocurra… incluso no le importa que se desaparezca semanas y que termine con ella cuando se le antoje. Total, al final siempre regresan. Además, cuando están bien, él transforma su mundo. Es su protector, su compañero… el hombre fuerte que siempre quiso a su lado. Un hombre que marca presencia y que no se pasa la vida dándole explicaciones al resto.

 

III

Llega a casa de la Señora Noelia, se seca las lágrimas, se arregla el cabello y luego toca la puerta. Nadie responde. Se queda esperando y luego toca nuevamente. Mira a través de un resquicio en la ventana esperando encontrar alguna luz encendida, pero no logra ver nada. Quizás están durmiendo, piensa, y luego comienza a llamar a Noelia por celular para avisarle que está afuera de su casa. Mientras toca la puerta, se sacude los pantalones y piensa que lo que realmente le gustaría es estar en verano y no en medio de un invierno horrible que la tiene harta de andar caminando mojada por todos lados. Si fuese verano, estaría de vacaciones. Dejaría a su hija encargada con su madre y se iría por dos o tres días con sus amigos a la playa o al lago y se olvidaría de los problemas por un rato. Comprarían un par de jabas de cerveza y luego se instalarían alrededor de una fogata. Sus amigos harían la colecta para comprar merka y ella se haría la loca y daría poquito esperando que luego le conviden. Y mientras estuviera jalando se reiría en secreto de aquellos que pusieron la plata para que ella se aplicara casi gratis. Por supuesto, para que la escena fuese perfecta, allí entre sus amigos, estaría también Carlos y durante la noche alojarían en la misma carpa y se reconciliarían. Sería hermoso. Igual, obvio, al inicio él se sentaría lejos, evitándola, y ella haría como que no lo toma en cuenta. Entonces al rato, luego de algunos copetes, ella se pondría a juguetear con alguno de sus amigos y entonces él montaría en cólera y se amurraría como un niño y entonces ella se le acercaría a preguntarle lo que le pasa. Él, primero le respondería que no le pasa nada y ella le haría algo de cariño y le diría que le pregunta en serio, que quiere saber qué le pasa. ¡Ya! ¡Dime la verdad!, le diría coqueta. Entonces él, intentando no parecer afectado, le respondería que acaban de terminar y ella ya se está intentando encamar con otro... Entonces ella le diría que no sea tonto, que sólo tiene ojos para él, que no está interesada en nadie más... y se darían un beso medio a la mala y más tarde pasarían la noche juntos.

Abren la puerta.

 

IV

Javiera pone un poco de salsa de tomates en un plato, agrega un toque de cebolla, morrón picado, algo de aliño y luego lo calienta todo en el microondas. Saca el plato, le agrega lo que queda del arroz del almuerzo, le pica un par de aceitunas y luego vuelve a calentar todo mientras se prepara un café. Enciende el televisor en busca de algo interesante pero sólo encuentra partidos de fútbol repetidos, series que desconoce y algunas películas que parecen ya ir a la mitad. Puros diálogos de gente hablando de algo que ya pasó o las clásicas escenas en donde el jovencito está perdido en sangre y a la mitad de “La batalla final por la supervivencia”.

Luego de darle una segunda vuelta a los ciento cuatro canales disponibles en su cable, se queda viendo un programa sobre la migración anual de ñus y cebras en alguna parte de África. “La migración de mamíferos más grande del planeta”, explica la voz en off, mientras en las imágenes se puede ver lo que parece ser un río gigantesco de pies y torsos, avanzando a mitad de la sabana.

Le enferma un poco el no tener tiempo para sentarse a ver una película que le guste o cualquier cosa que dure más de media hora… Las veces que lo ha intentado, se le terminan cruzando mil motivos para ponerse de pie y hacer un sinfín de cosas que después olvidará o ser un poco más productivo y “adelantar” el trabajo atrasado que acumula en su pc. Y eso no es lo peor. Lo peor es que todo lo anterior es sólo una excusa. En el fondo sabe que aunque tuviera tiempo suficiente para ver cualquiera de las películas que colecciona en una especie de catálogo mental sobre estrenos y argumentos… no podría quedarse quieto ni concentrarse lo suficiente. A los cinco minutos estaría conectado a internet informándose sobre lo que hacen sus amigos, leyendo pequeños pedazos informativos de no más de dos párrafos o viendo  videos chistosos. No tener tiempo para vivir más allá de las obligaciones reales y las autoimpuestas es “El ritmo de vida actual”, había escuchado en algún lugar aunque ya no recordaba donde. “El ritmo de vida actual”. Aquella frase es una calcomanía en su cerebro. Ni siquiera necesita entenderla en su total profundidad para saber que encierra algo terrible.

Saca el plato del microondas y se sienta a comer. Todavía no termina de masticar el primer bocado cuando escucha que tocan la puerta. Levanta la cabeza y se queda esperando. Pasan un par de segundos y luego los golpes continúan. Es tarde y no quiere abrir. Espera otro poco por si se aburren. Cada minuto que pasa, tocan más fuerte. Deja los cubiertos a un lado, se pone de pie y avanza de mala gana hacia la puerta. Se apega a la mirilla y ve a Angélica revisando su celular. Otra vez viene a molestar, piensa.

Mientras decide entre abrir o hacerse la desentendida, piensa que sólo existen dos tipos de persona que se conducen así, como si sus actos fueran una risa nerviosa y desesperada: aquellos que están viviendo una emergencia y quienes están acostumbrados a vivir acelerados. Contra el primer grupo no guardaba ninguna opinión en especial, un accidente le puede pasar a cualquiera, el abanico es demasiado amplio, en cambio a los acelerados del segundo grupo los miraba con recelo. Los conocía bien. Los veía a diario entrar una y otra vez a su oficina pidiendo informes, resultados, intercambiando chismes o datos irrelevantes. Sacando la vuelta primero y luego corriendo para compensar. En el caso de Angélica, testaba totalmente segura de que esta pertenecía al grupo de los desatinados. Energúmenos que de tanto desparramar lo que les pasaba, se terminaban convenciendo de que todo lo que les sucedía era relevante y debía ser informado idealmente en la plaza pública.

Abre la puerta.

–Hola, ¿estará la Señora Noelia? –Le pregunta Angélica, eléctrica y temerosa de que sus palabras delaten la forma en que segundos antes abrazaba a Carlos en su mente.

–Está acostada –le responde Javiera, cortante–. Ya es tarde y le dolía un poco la cabeza.

–¿Podrías fijarte si es que está durmiendo?

–¿Cómo? –le devuelve Javiera, un tanto descolocada.

–Es que de verdad necesito hablar con ella. Es muy, muy importante –continúa Angélica, casi saltando.

A Javiera le gustaría decirle que ya no es hora de visitas, que es una desubicada, que está harta de que venga a la casa… pero aquello sólo le traería problemas–. Veré si está durmiendo –le dice con seriedad mientras se hace un lado para que Angélica entre y tome asiento en uno de los sillones del living.

Cierra la puerta y sube al segundo piso. Nunca le han gustado las insistentes visitas de Angélica. Tres o cuatro veces a la semana, sola o con su pequeña hija. No puede comprender que a sus cincuenta y ocho años su madre aún tenga que dar consejos repetidos a una mujer adulta, que más encima no practica nada de lo que se le aconseja.

 

VI

Entra en la habitación de Noelia en el segundo piso y la encuentra en camisón, a punto de acostarse.

–La Angélica está abajo. Tocaba la puerta como una demente asique tuve que abrirle.

–¿A esta hora? Se anduvo desubicando. Ella sabe que a esta hora yo no atiendo ni al Papa...

–Quizás hasta que horas sigue tocando si no le abro…

–…Además siempre le digo que me pinche al celular y si no le respondo, es porque no quiero ver a nadie.

–¿Y qué le digo? Te está esperando en el living.

–Dile que estoy durmiendo. Yo no tengo problemas para conversar con ella toda la tarde si quiere, pero ella sabe que a esta hora yo no recibo a nadie y menos si me llaman y yo no contesto.

 

Baja al primer piso, camina hasta el living y no encuentra a Angélica. Mira por la ventana hacia la calle y luego, por inercia, se dirige a la cocina y allí se la encuentra sentada frente a lo que hasta hace algunos minutos era su cena.

–Noelia está durmiendo –le dice Javiera, con la cara dura como una piedra–. Lo mejor es que regreses mañana–. En vez de esperar a que salga, debería tomar en andas a Angélica y cerrarle la puerta en la cara.

Angélica dibuja una sonrisa irónica, gira un poco la cabeza y luego hunde lentamente sus manos en el plato de arroz con salsa. Está frío. Se limpia las manos en el mantel.

En la televisión, un centenar de cebras y ñus cruza un río lleno de cocodrilos. Intentan correr, pero se tropiezan entre ellos y sus patas son atrapadas por el fango, el cuál a ratos parece aliarse con los depredadores que flanquean la caravana.

A veces sólo el azar marca la diferencia entre los que se salvan y los que son devorados por el barro. Aprisionados desde todos los flancos, así acaba su historia.