EN LA SANGRE


 

POEMA PARA LOS JUEGOS DE PLAZA SIN REHABILITACIÓN
En este mundo de olvidados por pandemia
quisiera recordar a los pobres juegos de plazoleta...
Antes siempre acompañados por drogadictos,
borrachos,
pandilleros de poca monta
y algún que otro niño
desobediente y descuidado...
Ahora con suerte y los bichos se les acercan.
Y para qué?
Para compartir el síndrome de abstinencia del plástico,
los bordes que lesionan
y el metal descascarado?
Sus colores ya no son lo que eran
y sus diseños, antes una invitación a la congregación
de lo más granado de la sociedad poblacional,
ahora no son más que sonrisas quebradas.
La hipnosis general del pasto
que no termina de crecer en desbandada.

I

Tocan mi puerta y del otro lado escucho la voz de Alejandra, la hija mayor de la dueña de la pensión. Apenas abro, esta entra rápidamente en el basural que constituye mi pieza y cierra la puerta tras de sí.

¿Me puedes hacer un favor? –me pregunta–. No le digas a nadie –agrega mientras busca en su bolso y me entrega una pequeña bolsa negra no más ancha que mi mano–. ¿La puedes botar en algún lado? No quiero que me la encuentren y no sé bien que hacer.

–Bueno –le respondo por inercia mientras guardo la bolsa en el abrigo negro que tengo sobre la cama.

–Muchas, muchas gracias, te debo mil –me dice y desaparece tan rápido como llegó.

Saco la bolsa de mi abrigo, la abro y veo dentro, en otra bolsa transparente, una caja de pastillas, condones gastados y sangre mesclada con otros líquidos que no logro identificar. Un asco. Lo que sea que tenga esta bolsa, lamento tenerlo en mis manos.

Envuelvo el paquete en tres o cuatro bolsas negras que encuentro en la pieza y salgo de la pensión con la excusa de ir a hacer un trabajo grupal para la universidad. Obviamente a nadie le interesa, pero con el paquete en el bolsillo comienzo a sentirme perseguido e intento no levantar sospechas.

Camino un par de cuadras hasta la calle que demarca el límite de la población y luego enfilo hacia el sitio eriazo al lado de donde hace un par de décadas había una cancha de fútbol amateur. Continúo caminando hasta un canal profundo en el que una masa salvaje de juncos no dejaba ver el basural que la gente ha ido acumulando. Espero que no haya nadie a mi alrededor y arrojo la bolsa hacia el canal, intentando apuntar dentro de la tubería que pasa por debajo de la calle. Una imagen del contenido de la bolsa se me cruza como un relámpago y mi cuerpo responde con un escalofrío. Miro al cielo, comenzando a oscurecer y me parece que el arrebol a la distancia es una gran masa de sangre diluida entre las nubes. “Cada uno debe hacerse cargo de su basura profunda”, pienso mientras pateo un par de piedras de regreso a la pensión.

Comienza a llover. Mientras camino tengo la sensación de que algo del asco que acabo de botar ha quedado pegado en mis manos y en el bolsillo de mi abrigo. Me detengo frente a una poza, tomo algo de tierra, armo un barro y me lavo las manos. Me saco el abrigo y repito el método con mi bolsillo derecho. Camino lento para que la lluvia me moje por completo y paso mis dedos por los arbustos. Me escupo las palmas de las manos y me las lavo en una gotera.

Al llegar a la pensión continúo con la sensación de estar sucio. Entro por la puerta del garaje, de mi pieza saco ropa y toalla y luego me paso directo al baño.

Me lavo las manos con todos los tipos de jabón que encuentro. Lavo también mi abrigo y luego lo estrujo lo más que puedo, lo saco estilando y luego lo guardo en una caja a los pies del ropero.

 

II

El asunto está en la sangre, pienso mientras miro por la ventana de mi habitación. El asunto está en la sangre y en como aquellos girones escarlata se movían dentro de la bolsa mientras la mirarla. Y también debe de estar en esta lluvia de mierda que parece querer tragárselo todo, incluyendo el ánimo de esta gente gris. Incluyéndome.

Miro a mi alrededor. He convertido la habitación en un basural: Una manzana podrida a medio masticar sobre el velador, decenas de envases de yogurt, cereales, dulces, galletas y demás alimentos, ropa por todos lados. Materiales de la universidad. Se me revuelve el estómago. Tomo una bolsa grande de basura y comienzo a llenarla con todo lo que encuentro. Incluyendo el abrigo negro en la caja bajo el ropero. Dejo la bolsa en la entrada de la puerta para topármela sí o sí mañana en la mañana al salir e intento dormir. A las cinco recién logro conciliar el sueño y a las siete ya estoy en pie tomando desayuno para irme a la facultad. Me siento horrible. Me duele el cuello y la espalda. Por suerte me siento un poco más tranquilo luego de deshacerme de toda la basura de mi pieza. Quizás debí haber botado también los cuadernos de la universidad. Para acortar distancias tomo un atajo por un extenso terreno baldío entre dos poblaciones. De pronto, por ambos lados, aparecen cuatro perros que intentan morderme. Los alejo pateando el aire mientras pierdo de vista el frente. De pronto doy una vuelta en el aire y caigo de espaldas con la bicicleta encima. Miro hacia atrás y veo a alguien corriendo hacia mi y la puerta de un taxi destrozada. El hombre se acerca y me pregunta si estoy bien. Resulta que él estaba revisando algo en el motor del auto cuando yo impacté de lleno en una de las puertas que tenía abierta. Luego me levanta y me lleva dentro de su casa. Pienso en pagar el arreglo del auto y comienzo a llorar. Aparece la esposa del taxista y me sirve un té para calmarme. Conozco a su hijo pequeño. Me duele la cabeza, los brazos y las piernas. Me encantaría tirarme en el suelo, apagar mí cerebro y quedarme dormido para siempre o por lo menos hasta que el planeta haya cambiado lo suficiente para para tener que descubrirlo todo. Apenas puedo sostener la taza de los nervios.

 

III

Por suerte la bicicleta está bien y no tengo que pagar nada. Regreso a la pensión de anochecida. La dueña aún atiende su negocio de abarrotes así que saludo lo más amable que puedo, saco un yogurt del refrigerador en el primer piso y luego me encierro en mi pieza. Al abrir la puerta debo empujar con fuerza para hacer un lado la bolsa con basura. En la mañana salí apurado así que no alcancé a sacarla. Podría agarrar la bolsa, romperla y vaciar todo en el suelo y el lugar se convertiría nuevamente en el basural en el que seguro se convertiría en un par de días. El basural de los restos de comida, el basural de dormir mal, el basural de no tener tiempo, el basural de respirar tristeza, tener que dar pena hablando de mi padre para evitarme pagar una puerta de auto…

“Cada uno debe hacerse cargo de su basura profunda”

Luego de cinco minutos o dos horas mirando el techo, la lluvia se detiene. En alguna parte escucho crepitar una fogata. Es extraño. El sonido parece venir de las paredes, del ropero o de debajo de la cama. Me quedo mirando las manos. Me pongo de pie, desarmo la amarra de la bolsa de la basura y echo dentro mis cuadernos de universidad, las guías y fotocopias y aprovechando el impulso, agrego también algunas fotos familiares y el bolso que me dieron en la universidad al recibirme. Al terminar, aplasto la bolsa, la vuelvo a sellar y guardo en la mochila grande de camping, con la que regreso a Lanco cada fin de semana. Salgo de la pensión lo más rápido que puedo con dirección a los terrenos baldíos junto a la población. A la mitad de la nada me salgo del sendero. Ya es de noche y aunque hay luna llena, el terreno está tan disparejo y lleno de arbustos que apenas puedo ver donde piso. Rompo la bolsa y la vacío entre otro montón de basura. Me detengo un momento. Me parece que es la primera vez en la vida que escucho mi respiración. Como venido de ninguna parte, vuelvo a escuchar el crepitar de una fogata.

Armo un pequeño castillo con mis cuadernos y lo rodeo con el resto de cosas de la bolsa. Saco un encendedor de mi bolsillo y le prendo fuego desde la base.

Poco a poco comienzan a crecer las llamas mientras escucho el mismo crepitar que antes identifiqué en mi pieza y luego entre los arbustos. Miro mis manos abiertas con el fuego de fondo. Un calor profundo se inicia en mi corazón.

Cuando las llamas toman fuerza, me abro paso entre los arbustos y a los cinco minutos ya estoy de regreso a la pensión. Desde mi ventana en el segundo piso puedo ver las llamas crecer. De pronto se escucha un estallido y algunas aves salen elevan el vuelo dando la voz de alarma. Quizás reventaron los envases vacíos de desodorante en aerosol.

La gente comienza a acercarse a los pastizales para averiguar qué sucede. Algunos llaman por teléfono. Bajo también para mirar de cerca pero cuando llego cerca la fogata comienza a apagarse.  Seguramente los arbustos mojados por la lluvia de la tarde han resultado demasiado para un montón de hojas de papel y prácticamente toda la ropa que tenía en Valdivia.

Momentos después los vecinos vuelven a sus casas y me quedo solo, como despidiendo un fantasma que nadie más está seguro de haber visto.

Mientras regreso a la pensión, me giro un par de veces para ver como se desvanece la delgada columna de humo de lo que antes eran mis pertenencias. Que ironía. Nada podría representarme mejor que una fogata a medias, una fogata indecisa, blanda y un tanto aburrida. Nacida en el momento incorrecto y aplacada por la lluvia. Un alegato lánguido y descolorido con muy poco combustible.