I
Tocan mi puerta y del otro lado escucho la voz de
Alejandra, la hija mayor de la dueña de la pensión. Apenas abro, esta entra rápidamente
en el basural que constituye mi pieza y cierra la puerta tras de sí.
¿Me puedes hacer un favor? –me pregunta–. No le
digas a nadie –agrega mientras busca en su bolso y me entrega una pequeña bolsa
negra no más ancha que mi mano–. ¿La puedes botar en algún lado? No quiero que
me la encuentren y no sé bien que hacer.
–Bueno –le respondo por inercia mientras guardo la
bolsa en el abrigo negro que tengo sobre la cama.
–Muchas, muchas gracias, te debo mil –me dice y
desaparece tan rápido como llegó.
Saco la bolsa de mi abrigo, la abro y veo dentro,
en otra bolsa transparente, una caja de pastillas, condones gastados y sangre
mesclada con otros líquidos que no logro identificar. Un asco. Lo que sea que
tenga esta bolsa, lamento tenerlo en mis manos.
Envuelvo el paquete en tres o cuatro bolsas negras
que encuentro en la pieza y salgo de la pensión con la excusa de ir a hacer un
trabajo grupal para la universidad. Obviamente a nadie le interesa, pero con el
paquete en el bolsillo comienzo a sentirme perseguido e intento no levantar
sospechas.
Camino un par de cuadras hasta la calle que demarca
el límite de la población y luego enfilo hacia el sitio eriazo al lado de donde
hace un par de décadas había una cancha de fútbol amateur. Continúo caminando
hasta un canal profundo en el que una masa salvaje de juncos no dejaba ver el basural
que la gente ha ido acumulando. Espero que no haya nadie a mi alrededor y
arrojo la bolsa hacia el canal, intentando apuntar dentro de la tubería que
pasa por debajo de la calle. Una imagen del contenido de la bolsa se me cruza
como un relámpago y mi cuerpo responde con un escalofrío. Miro al cielo,
comenzando a oscurecer y me parece que el arrebol a la distancia es una gran
masa de sangre diluida entre las nubes. “Cada uno debe hacerse cargo de su
basura profunda”, pienso mientras pateo un par de piedras de regreso a la
pensión.
Comienza a llover. Mientras camino tengo la
sensación de que algo del asco que acabo de botar ha quedado pegado en mis
manos y en el bolsillo de mi abrigo. Me detengo frente a una poza, tomo algo de
tierra, armo un barro y me lavo las manos. Me saco el abrigo y repito el método
con mi bolsillo derecho. Camino lento para que la lluvia me moje por completo y
paso mis dedos por los arbustos. Me escupo las palmas de las manos y me las
lavo en una gotera.
Al llegar a la pensión continúo con la sensación
de estar sucio. Entro por la puerta del garaje, de mi pieza saco ropa y toalla
y luego me paso directo al baño.
Me lavo las manos con todos los tipos de jabón que
encuentro. Lavo también mi abrigo y luego lo estrujo lo más que puedo, lo saco
estilando y luego lo guardo en una caja a los pies del ropero.
II
El asunto está en la sangre, pienso mientras miro
por la ventana de mi habitación. El asunto está en la sangre y en como aquellos
girones escarlata se movían dentro de la bolsa mientras la mirarla. Y también
debe de estar en esta lluvia de mierda que parece querer tragárselo todo, incluyendo
el ánimo de esta gente gris. Incluyéndome.
Miro a mi alrededor. He convertido la habitación
en un basural: Una manzana podrida a medio masticar sobre el velador, decenas
de envases de yogurt, cereales, dulces, galletas y demás alimentos, ropa por
todos lados. Materiales de la universidad. Se me revuelve el estómago. Tomo una
bolsa grande de basura y comienzo a llenarla con todo lo que encuentro.
Incluyendo el abrigo negro en la caja bajo el ropero. Dejo la bolsa en la
entrada de la puerta para topármela sí o sí mañana en la mañana al salir e
intento dormir. A las cinco recién logro conciliar el sueño y a las siete ya
estoy en pie tomando desayuno para irme a la facultad. Me siento horrible. Me
duele el cuello y la espalda. Por suerte me siento un poco más tranquilo luego
de deshacerme de toda la basura de mi pieza. Quizás debí haber botado también
los cuadernos de la universidad. Para acortar distancias tomo un atajo por un
extenso terreno baldío entre dos poblaciones. De pronto, por ambos lados,
aparecen cuatro perros que intentan morderme. Los alejo pateando el aire
mientras pierdo de vista el frente. De pronto doy una vuelta en el aire y caigo
de espaldas con la bicicleta encima. Miro hacia atrás y veo a alguien corriendo
hacia mi y la puerta de un taxi destrozada. El hombre se acerca y me pregunta
si estoy bien. Resulta que él estaba revisando algo en el motor del auto cuando
yo impacté de lleno en una de las puertas que tenía abierta. Luego me levanta y
me lleva dentro de su casa. Pienso en pagar el arreglo del auto y comienzo a
llorar. Aparece la esposa del taxista y me sirve un té para calmarme. Conozco a
su hijo pequeño. Me duele la cabeza, los brazos y las piernas. Me encantaría
tirarme en el suelo, apagar mí cerebro y quedarme dormido para siempre o por lo
menos hasta que el planeta haya cambiado lo suficiente para para tener que
descubrirlo todo. Apenas puedo sostener la taza de los nervios.
III
Por suerte la bicicleta está bien y no tengo que
pagar nada. Regreso a la pensión de anochecida. La dueña aún atiende su negocio
de abarrotes así que saludo lo más amable que puedo, saco un yogurt del refrigerador
en el primer piso y luego me encierro en mi pieza. Al abrir la puerta debo empujar
con fuerza para hacer un lado la bolsa con basura. En la mañana salí apurado así
que no alcancé a sacarla. Podría agarrar la bolsa, romperla y vaciar todo en el
suelo y el lugar se convertiría nuevamente en el basural en el que seguro se
convertiría en un par de días. El basural de los restos de comida, el basural
de dormir mal, el basural de no tener tiempo, el basural de respirar tristeza, tener
que dar pena hablando de mi padre para evitarme pagar una puerta de auto…
“Cada uno debe hacerse cargo de su basura profunda”
Luego de cinco minutos o dos horas mirando el
techo, la lluvia se detiene. En alguna parte escucho crepitar una fogata. Es
extraño. El sonido parece venir de las paredes, del ropero o de debajo de la
cama. Me quedo mirando las manos. Me pongo de pie, desarmo la amarra de la bolsa
de la basura y echo dentro mis cuadernos de universidad, las guías y fotocopias
y aprovechando el impulso, agrego también algunas fotos familiares y el bolso
que me dieron en la universidad al recibirme. Al terminar, aplasto la bolsa, la
vuelvo a sellar y guardo en la mochila grande de camping, con la que regreso a
Lanco cada fin de semana. Salgo de la pensión lo más rápido que puedo con
dirección a los terrenos baldíos junto a la población. A la mitad de la nada me
salgo del sendero. Ya es de noche y aunque hay luna llena, el terreno está tan
disparejo y lleno de arbustos que apenas puedo ver donde piso. Rompo la bolsa y
la vacío entre otro montón de basura. Me detengo un momento. Me parece que es
la primera vez en la vida que escucho mi respiración. Como venido de ninguna
parte, vuelvo a escuchar el crepitar de una fogata.
Armo un pequeño castillo con mis cuadernos y lo
rodeo con el resto de cosas de la bolsa. Saco un encendedor de mi bolsillo y le
prendo fuego desde la base.
Poco a poco comienzan a crecer las llamas mientras
escucho el mismo crepitar que antes identifiqué en mi pieza y luego entre los
arbustos. Miro mis manos abiertas con el fuego de fondo. Un calor profundo se inicia
en mi corazón.
Cuando las llamas toman fuerza, me abro paso entre
los arbustos y a los cinco minutos ya estoy de regreso a la pensión. Desde mi
ventana en el segundo piso puedo ver las llamas crecer. De pronto se escucha un
estallido y algunas aves salen elevan el vuelo dando la voz de alarma. Quizás
reventaron los envases vacíos de desodorante en aerosol.
La gente comienza a acercarse a los pastizales para
averiguar qué sucede. Algunos llaman por teléfono. Bajo también para mirar de
cerca pero cuando llego cerca la fogata comienza a apagarse. Seguramente los arbustos mojados por la lluvia
de la tarde han resultado demasiado para un montón de hojas de papel y prácticamente
toda la ropa que tenía en Valdivia.
Momentos después los vecinos vuelven a sus casas y
me quedo solo, como despidiendo un fantasma que nadie más está seguro de haber
visto.
Mientras regreso a la pensión, me giro un par de
veces para ver como se desvanece la delgada columna de humo de lo que antes
eran mis pertenencias. Que ironía. Nada podría representarme mejor que una
fogata a medias, una fogata indecisa, blanda y un tanto aburrida. Nacida en el
momento incorrecto y aplacada por la lluvia. Un alegato lánguido y descolorido
con muy poco combustible.
