DYLAN, DRAKE Y EL MILAGRO ALQUÍMICO (por Jaime Rivera)


He visto que pasa muchas veces en la música, pero supongo que pasa en todos los aspectos de la actividad humana en donde alguien se involucra desde la pasión. Ese alguien, queriendo ir en una dirección, termina excediendo las capacidades de su propio cuerpo. Como si quisiéramos escalar una montaña en caminos rurales con un vehículo sedán hecho para una autopista, o bien ganar una carrera de 100 metros planos teniendo el cuerpo de un rugbista, podemos entrenar durísimo y quizá hasta logremos algunos triunfos, podemos cambiar las ruedas y fortalecer la estructura del auto hasta convertirlo en un hibrido que se abra paso en ese fango que tanto anhelamos. Pero nunca, bajo ninguna circunstancia, nos encontraremos con el resultado que nos imaginamos al empezar ese camino. Nunca será lo mismo. Podemos lograr una metamorfosis completa incluso, pero entonces pasamos el límite y nos transformamos en una copia o peor, en una parodia.
Encontrar una voz propia a veces pasa por aceptar ese resultado alejado de nuestras expectativas y potenciarlo, cultivarlo hasta que la dirección inicial quede muy atrás.
Recuerdo haber sentido una pequeña revelación cuando leí que Iggy Pop tuvo a Jim Morrison como principal influencia en sus inicios, claro, ahí estaba todo, la voz que intentaba sonar profunda, el torso desnudo, el rol protagónico de las letras, el blues asomándose rabioso bajo las capas de ruido. Por supuesto que Iggy no tenía el virtuosismo de los Doors sonando atrás sino el sonido de una pelea de perros callejeros, tampoco su aspecto era el de un ángel malvado sino el de una iguana radioactiva. Marilyn Manson alguna vez definió la voz de Jim Morrison como “una hermosa laguna en la cual ahogarse”, la voz de Iggy por supuesto sonaba más a un charco de desechos tras una fábrica en Detroit. Quedándose con esas diferencias impuestas por sus propios límites naturales Iggy volvió a inventar un estilo que siempre sirve de refugio para los valientes con talentos inusuales, el punk rock.
Algo parecido creo escuchar en el primer disco de Nick Drake, las diferencias en cuanto a capacidad de ejecución musical con Iggy son amplias, pero ahí está esa misma pulsión por llegar a un lugar imposible, en el caso de Drake el modelo a seguir era Bob Dylan, casi un antagonista total de su situación, un judío de New York con la capacidad de revivir la música norteamericana de raíz callejera, rustica y proletaria, versus nuestro buen Nick, un jovencito inglés de clase alta con predilección por afinaciones complicadas en la guitarra y voz de roble joven, serenidad y calidez, las llanuras a las que canta Drake son interiores, tal vez más vastas, pero siempre imaginarias. Dylan puede ganarse el Nobel con juegos de palabras ensortijados como su cabellera, atravesando el blanco y resignificando la palabra telúrico en canciones de 18 minutos que exhiben la esencia de la tragedia humana, pero no puede recorrer esos paisajes interiores con la misma naturalidad que Drake. Por supuesto que puede ser introspectivo, sereno y cálido, pero está siempre anclado al mundo, es lo que algunos folkloristas llaman un cantor de la tierra.
Nick Drake era un cantautor flotante, casi un pájaro más, totalmente parte del aire, sus canciones no suenan desde el barro sino volando bajo la lluvia, y sin embargo ahí lo tenemos, metiendo una guitarra con arreglos country en el primer tema de Five Leaves Left, insistiendo con algunos pianos Honky Tonk, intentando algún blues que suena como desde una cantina celestial. La mezcla funciona, vaya que sí, pero se nota algo forzada, Nick está aún en camino hacia su voz.
Esta llega a revelarse totalmente en Pink Moon, su segundo y penúltimo trabajo, la guitarra afinada en tonos graves transmite todo ese universo terrenal que el inglesito siempre quiso abarcar mientras la voz se desplaza por las alturas sin esfuerzo aparente. En esa cumbre musical (que sería reivindicada varios años después) y transitando por dos universos en paralelo, Nick Drake logró el milagro alquímico, pudo transformarse en quien siempre quiso ser sin dejar de ser él mismo.