CON EL ÚLTIMO ALIENTO (por Jaime Rivera)


Cuando tenía 12 años escuché en la radio un locutor que decía lo siguiente: “Oye, tengo un amigo que siempre me repite lo mismo, dice que la música de los ochenta es lejos la mejor de todas, y yo compadre creo que tiene toda la razón”, luego por los pequeños parlantes de la radio salió alguna canción pop tipo Huey Lewis o Hall and Oates. Era 1994 y en mi ciudad en muchos sentidos seguíamos siendo profundamente ochenteros, es cosa de ver cualquier archivo de video de la época, la ropa, los autos, la forma de hablar, todo parece provenir de 5 años antes. Sin embargo, en el umbral de la adolescencia, sabía que los tiempos estaban cambiando, me sentía lejano al ochentero. Me parecía sobreactuada y falsa la actitud de ganador constante, el gel en el cabello y los lentes de sol. No podía conectar con lo que sonaba en los parlantes, la “mejor música de todas” me sonaba a una bebida gaseosa desvanecida, a aburrimiento frente al televisor en tardes de la infancia, a uniforme escolar y cuantización de la vida.

Es lo natural, nuestro acervo personal de alguna manera determina nuestro sentido estético, el por qué disfrutamos las cosas que disfrutamos tiene que ver con lo que nos ha tocado vivir. Lo que es inevitable, sea cual sea nuestra experiencia personal, es ese tirón interior que en algún momento nos separa de lo que proponía la generación anterior y nos cobija bajo un estandarte nuevo, algo que parece demoledoramente real y vivo en comparación a lo que conocemos hasta ese momento.

A todos nos gusta la música de Michael Jackson cuando somos niños, la perfecta mezcla entre ritmo estimulante y carisma de superhéroe, esa receta sin embargo rara vez sobrevive en la adolescencia, la música del difunto Jackson, siempre excelente en su manufactura y terminaciones, carece de verdadera angustia, no muestra la grieta interior que sin duda llevaba su protagonista. Es ahí donde entran los géneros musicales para inadaptados, lo que a mí me entregó el grunge y el punk rock creo que hoy lo dan géneros como el emo digital, el sad trap o el post punk (resucitado por enésima vez). En ese sentido todavía me pregunto, que tendrían en la cabeza mis compañeros de colegio que continuaban escuchando Soda Stereo igual que sus padres, que solo valoraban la música “alegre”, que aceptaban sin problemas la impostura desde las alturas del sistema. ¿Eran realmente felices y adaptados? ¿O se ocultaban en su aparente satisfacción por el mismo pudor a mostrar la grieta? Leo una entrevista a un doctor en antropología quien dice que las relaciones entre varones están siempre teñidas por el poder, que no mostramos nuestra debilidad ante el otro, creo que por eso el paradigma musical noventero me resultó tan refrescante, de pronto la moneda caía del otro lado, ser canchero y ganador se volvía ridículo, mostrar tu inseguridad emocional ya no era un problema en sí mismo, había espacio para ser un perdedor hermoso.

El mítico encontronazo entre Axl Rose y Kurt Cobain tiene que ver con esa brecha generacional, dos íconos rockeros, ambos jóvenes exitosos blancos y heterosexuales pero con una forma muy distinta de mostrarse en el escenario, frente al público. Se supone que la esposa de Cobain habría insultado, así como al pasar a Axl, que merodeaba la zona de camarines de los premios MTV, el rubio mal genio se dio vuelta junto a sus guardaespaldas y avanzó hacia donde estaba Kurt con su hija en brazos, ignorando a Courtney el macho ochentero ordenó : “Dile a tu perra que se calle!”, sabiéndose en total desventaja física y probablemente intimidado por el bully, Cobain solo atinó a encoger los hombros e impostando la voz para imitar la de Axl dirigirse a su esposa con un “Cállate perra” totalmente poco convincente, la salida de Kurt provocó risas incluso entre el crew de los Guns, ya no había margen para más conflicto, Axl se fue, los 80 estaban enterrados. 

El libro The Rolling Thunder Logbook del recientemente difunto Sam Shepard es una especie de bitácora que registra un tramo de la gira que Bob Dylan emprendió junto a otros artistas a modo de circo itinerante por USA, el actual premio Nobel de literatura era joven, pero ya venía de vuelta, no había dejado de ser importante pero su rol de leyenda y artista influyente pesaba mucho más que su vigencia como músico popular. En el libro se suceden anécdotas breves, pensamientos y momentos destacados de la gira que tienen valor no solo como reflejo de esa etapa del trovador sino del momento histórico y musical que vivían en el país norteño. Hay dos momentos claves respecto al tema de la brecha generacional, en uno de ellos el narrador decide alejarse del carrete y el weveo con los artistas, por cansancio o por simple aburrimiento, después de vagar un rato termina en una tocata de una banda glam, no engancha con la música, los encuentra horribles, pero a la vez se ve impactado por la conexión que logran con el público, no lo dice explícitamente pero queda claro que la edad de los asistentes es menor que la del público que va a ver a Dylan, Shepard se pregunta: ¿Será posible que muchos de estos chicos no tengan idea quien es Dylan o nunca hayan escuchado su música?. El otro momento clave es una fotografía, Dylan y Allen Ginsberg en una calle de un suburbio gringo, rodeados de niños y adolescentes negros, no queda claro el contexto de la foto, pero lo más probable es que se trate de una visita a una escuela o centro comunitario. Nacido en 1926,para la época de la foto Ginsberg era ya un cincuentón pero curiosamente es Bob Dylan el que parece más desfasado en la imagen, con su outfit de hippie folk se ve como un cuervo viejo y entumido, a su alrededor los chicos parecen salpicar vida desde sus ojos brillantes, la ropa que llevan es totalmente distinta a la de los dos adultos, es deportiva y más conectada con lo que para el momento eran los inicios del hip hop, todo el grupo se ve como flores coloridas alrededor de un par de raíces secas. Cuando escucho sobre la muerte del rock yo pienso en esta foto.

Hay un momento donde uno está conectado totalmente con la vida, conservamos el flow de la niñez, pero ya tenemos la cabeza arremolinada por la juventud, en ese momento breve de apertura al universo conocemos la música que nos acompañará el resto de nuestra vida, soy un convencido de aquello. No es que después no se pueda descubrir más música, creo que la mayoría de mis bandas favoritas las conocí después de los 20 años, la mayoría de la música que disfruto se hizo antes de que yo naciera, paralelamente cada año descubro por lo menos un disco actual que me revuelve el corazón. Pero esto no tiene nada que ver con calidad de la música, se trata de que la sensación de escuchar algo que entre en ti como a través de un USB del alma, no la he vuelto a tener desde la adolescencia. Esa conexión es la que causa la brecha, un par de años hacen total diferencia, mis amigos apenas mayores aman The Cure, los que tienen pocos años menos aman Blink 182, dos bandas que yo nunca pude entender porque en el fondo sigo en esa trinchera mental de 1994. Y nuevamente, no se trata de objetividad, puedo disfrutar mucho el pop ochentero de Tears for Fears por ejemplo, a la vez estoy muy atento a lo que hace un traper como Cecilio G, pero nunca, nunca será lo mismo que la primera vez que puse play al cassete Valentín Alsina de 2 minutos y escuché la felicidad concentrada saltar desde los parlantes.

El peligro está en querer embotellar esa sensación y guardarla para consumir como un producto cuando nos sentimos mal, el peligro está en usar los recuerdos como analgésicos, en transformarse en ese cuarentón cervecero que brinda esperanzado cuando ve alguna banda de niños haciendo covers de rock clásico mientras vocifera que “aún hay futuro”, en quedarse pegado a la programación de la radio rockera establecida (que en Chile paradojalmente se llama Futuro FM), todo eso no es nada más que nostalgia y la nostalgia es peligrosa.

La nostalgia se pega al cuerpo y ofrece una muerte cálida y confortable, te hace cerrar las puertas y bajar las persianas del espíritu, ofrece quedarse a vivir al interior confortable de uno mismo, sin preocupaciones y sin comunicación externa hasta que se te agote la batería.

Internet lo sabe, por eso muchos sitios y puntualmente Youtube están llenos de esa clase de trampas, canales donde gente joven se expone a música antigua supuestamente por primera vez y muestran su reacción, la idea que se busca entregar es que la música vieja tendría algo especial que la música actual no, los chicos exageran caras de asombro, repiten partes del video, tocan guitarras imaginarias con los dedos y generalmente exclaman “Wow! No esperaba eso.”. Más allá de algunas reacciones que parecen genuinas por lo general no les creo nada a los “reaccionadores”, por dentro deben estar cagados de risa pensando que después de grabar y fingir sorpresa apagarán la cámara, encenderán un porro y por fin podrán escuchar la música que de verdad les incendia el alma.

Por último, la mirada hacia atrás está siempre velada por el recuerdo emocional, esa especie de compilado que el cerebro arma con los mejores momentos de cierta etapa, dejando de lado los menos intensos, los momentos aburridos e intrascendentes que muchas veces son la mayoría. Ayer alguien compartió un registro audiovisual de una tocata punk de 1997, en plena edad dorada del espíritu adolescente, en el que aparezco junto a varios amigos en el público, el recuerdo que tengo de esos momentos es de máxima felicidad, un grupo de gente en total comunión ante música vital y urgente chorreada como un regalo sónico desde el escenario. El video muestra otra cosa, las bandas son una más mala que la otra, transmiten una lacerante pobreza de recursos artísticos, ni siquiera tienen una actitud orgullosa desde esta pobreza, cosa muy valorada hoy en día por ejemplo. El público por otra parte solo tiene la virtud de ser numeroso en comparación al que hoy asiste a cualquier show de bandas locales, nada más aparte de eso, no se ve unión, no se ve amistad, no se ve escena, se ve un rebaño de bestias jóvenes desperdiciando energía mientras dan vueltas en círculos. 

Por ahí, de pie cerca del escenario pude verme a mí mismo de 15 años, gesto de hastío, algo de tristeza en los ojos (pero esa es otra historia), con la certeza de no ser mejor que los que estaban al lado mío y en el escenario, pero si con el deseo ferviente y absoluto de querer hacerlo mucho mejor, ese calor en el pecho es lo único de esa época que aún intento mantener encendido. Aferrarse al futuro con todas las fuerzas disponibles, con el último aliento beberse esa gota de oxígeno.