Mientras cruzo la ciudad esperando no llegar tarde,
imprimo vértigo en mi pedaleo
desplegando un mapa mental que incluye calles,
pasadizos,
veredas
y parques.
El apuro me apremia
y para más remate,
las luces del alumbrado
generan un calor extraño
que se ensaña conmigo y me hace sudar
mientras intento dejar de pensar
y sentirme mínimamente tranquilo
y entonces llego a tu casa,
me bajo como puedo de la bicicleta,
cruzo el portón y
antes de tocar tu puerta
me detengo treinta segundos en el umbral
Y de pronto tú.
En el fondo lo sé,
o puedo presentirlo al menos:
si un ángel tuviera la inusual,
la extrañísima idea de posarse humanamente frente a mí...
tendría tú forma y tú sonrisa.
Y me calaría los ojos.
Y exactamente así se le ajustaría el vestido a la cintura
mientras
me conjura con tan sólo un gesto,
un saludo.
-¿Me esperas un minuto? Estoy casi lista -me dices y apagas el verseo aglutinante en el que cabalgan mis ideas.
