Siempre que me encuentro un gato negro le pregunto:
-¿Has visto a "Kamy"?
"Kamy", "Kamychirims", "Tractor indomable", "Coladelátigo", “Lauchini”. Único en su tipo.
La primera vez que lo tuve conmigo, cabía por completo en la palma de mi mano. Negrito y juguetón, nos perseguía por toda la pieza para mordernos los pies y nosotros arrancábamos muertos de la risa de su forma de trastabillar.
Le enseñé todo lo que pude. Cuando nos encontrábamos solos salíamos al patio y nos arrojábamos al suelo para que aprendiera a escabullirse y acechar. A aparecer de pronto de entre los arbustos. A rodar de espaldas o correr en zigzag como maniobras evasivas. A que no temiera a la lluvia. A que recibiera el barro en su pelaje con una sonrisa.
Ya más grande, recorría toda la población, como era de esperarse, y a veces me acompañaba por la ciclo-vía, tan lejos que luego debía devolverme para ponerlo a resguardo antes de continuar hacia el centro de la ciudad. Hasta que un día lo puse en mi hombro y nos fuimos a recorrer. Kamy se sentía tranquilo. Si veníamos un perro mala onda, se apretaba un poco más contra mi y yo intentaba tranquilizarlo. Me sentía bien al notar que su confianza en mí era mayor que su impulso natural de salir disparado al árbol más alejado de la cuadra.
Tiempo después, la última vez que le vi, me miraba desde la gran caja que tenía por pieza, justo afuera de la puerta de entrada del "departamento interior" que arrendábamos.
-Crees que va a estar bien -me preguntó.
-Yo creo que sí -le respondí-. Kamy era a prueba de todo. Seguro que se las ingenia...
Lo buscamos varios días pero nunca regresó. Y me quedé con
la duda de si se había ido o le había pasado algo y no había logrado regresar. En esa época
todo se estaba yendo al carajo, por vez definitiva, y esa historia de que los
gatos tomaban el lugar de sus dueños cuando estos están enfermos me dio vueltas
durante algún tiempo antes de asumir que no obtendría ninguna respuesta al
respecto. Quizás ambos estábamos algo enfermos en esa época.
De cualquier forma. Donde quiera que haya ido Kamy, estoy seguro que lo hizo a su estilo: Con arrojo, midiendo lo justo las consecuencias y acechando y escabulléndose tal cómo lo practicamos un día: Con los ojos entrecerrados y el rostro lleno de risa.
-¿Has visto a "Kamy"?
